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Plaça de Sant Sebastià

 

“ El 19 de febrer del 1879 varen ésser començades les obres del Mercat de queviures de Sant Antoni i les d’urbanització dels terrenys que s’estenien cap a la carretera de la Creu Coberta, on es celebrava, llavors, els diumenges i altres dies festius, la Fira de Bellcaire.

Entre el lloc destinat al Mercat i la carretera de la Creu Coberta hi havia terrenys vagues. A l’entorn, camps de blat i de llegums. Paisatge de raval empeltat de camperol, aquell.

La ciutat, per aquella banda, es badava com una magrana massa madura i devorava els terrenys i els sembrats dels voltants. S’hi bastiren edificis i s’hi començaren de perfilar carrers; s’hi construïren barraques i magatzems de deixalles i hi sorgí un barri comercial. Al redós del Mercat foren traslladats, el 1886, els Encants de Llotja o de Sant Sebastià. Es celebraven els dilluns, dimecres i divendres. Tenim, doncs, que pels voltants de Sant Antoni tenien efecte, cadascú els dies que els corresponia, la Fira de Bellcaire i els Encants.

Els Encants de Sant Antoni es convertiren aviat en un mercat, molt important, de tota mena de gèneres.

Al tros del carrer d’Urgell, a la vorera on hi la reixa del Mercat de queviures, es celebrava a primeres hores del matí la subhasta dels ‘partits’ que hi portaven els drapaires, els saldistes i els comerciants que es dedicaven a la compra i venda de tota mena d’objectes, de mobles, de paraments de pisos i de botigues que plegaven. Els gèneres hi abundaven. Allí anaren a parar biblioteques particulars, bones i dolentes. Hi anaren a raure, també, moltes restes d’edicions fracassades, les quals, finalment, el drapaire havia de portar al molí paperer”.

 

Llibre de Llibreters de Vell i de Bibliòfils barcelonins d’abans i ara, de Jaume Passarell, Ed. Millà, Barcelona, 1949; p. 53-54.

 

 “En el Hotel Drouot de Paris, se celebraba la  subasta de una de las librerías más importantes de Francia, la del Conde Tremoli, ello sucedía en los años de finales de siglo.

La subasta, nos dice, duró veintisiete sesiones y asistieron todos los libreros, bibliófilos y aficionados de Paris; y en ella pudo observarse, una vez más, lo estrambótica que resulta la pasión del bibliófilo. Libritos insignificantes provocaron pujas extraordinarias, mientras que obras maestras de la literatura, alcanzaban las cotizaciones más bajas.

Y añadía Mirbeau: ‘ Temí ponerme en ridículo y perder mi bien cimentada reputación de bibliófilo, comprando algunas de aquellas obras maravillosas que tan ostensiblemente despreciaban los comerciantes y que no merecían la menor atención por parte de coleccionistas que ayer mismo cubrían de billetes de banco la menos feliz de tales ediciones. Y para afirmar bien a las claras que yo también seguía la moda, me complacía en exagerar el desprecio de aquellos y la indiferencia de éstos refunfuñando contra mi propia e indecente estupidez.

Viendo que un Virgilio, verdadera obra maestra de encuadernación y de tipografía, alcanzaba el precio de diez francos, un perito se acercó a mi, y me dijo:

‘¡ Mire Usted, que idiotas son esos americanos… Porque son ellos los que compran tales porquerías… Las compran a carretadas para constituir el fondo de sus bibliotecas públicas… ¡ Diez francos por eso¡… ¡ Qué locura¡ ¡ Qué memez¡’.

Y mientras yo golpeaba la mesa, él se daba palmadas sobre el muslo desternillándose de risa… Y los dos nos excitábamos mutuamente, repitiendo: ¡ Qué idiotas, esos americanos¡…  ¿ Hase visto igual? ¡Locura¡ ¡Desvarío¡.

Museu Frederic Marès

 

Diez años antes, ese mismo perito, había pagado dos mil francos por aquel Virgilio, pero ya no se acordaba.

Si los libros del siglo XVI no suscitaban más que desprecio y caían en el más completo descrédito, en cambio todo lo del siglo XVIII desaparecía como pan en tiempo de hambre.

También yo, nos confiesa Mirbeau, me contagié de aquel delirio y compré un sinfín de libritos como: ‘El arte de ponerse las medias’, ‘ Notas indispensables para el empleo de la cacerola `q daube’, ‘ El zapatero galante o curiosas revelaciones sobre los pies de la duquesa de Berry’, ‘ Almanaque de los tocineros’, ‘ La disertación económica sobre las camisas de la señora princesa de Polignac’ … que son, al parecer, rarísimos y de los que nadie es capaz de leer más allá de dos páginas.

Se han conocido verdaderas aberraciones entre los bibliófilos ( y libreros) , quienes con el pretexto  de coleccionar encuadernaciones, portadas, ‘ fe de erratas’, láminas, destrozaban cuantos libros de interés caían en sus manos, sin comprender que una encuadernación, ‘de erratas’, portada, etc., separadas de su ‘libro’, perdían todo valor.

¿ Puede uno imaginar cosa más absurda, que una hoja de ‘ fe de erratas’, o una portada, o lámina, separadas del libro que justificaba, precisamente, su razón de ser?…

Coleccionar buenos libros, leerlos, cuidarlos con amor, será siempre un don del espíritu, coleccionar trozos de libros, destrozados por el propio coleccionista ( o por los libreros), será como una maldición que pesará sobre él.

 

MARÈS, Frederic: El mundo fascinante del coleccionismo y de las antigüedades. Memorias de la vida de un coleccionista. Ajunt. Barcelona-Museu Frederic Marès, 2006, pp. 349-350. ( llibre del que après unes quantes coses).

 

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